¡Wham! Él golpe con el dorso de la mano me tira al suelo. Levanto la vista hacia ella, determinando en un nanosegundo si debo permanecer abajo o ponerme de pie. Peleo con mis pies, encogiéndome ligeramente en anticipación al siguiente ataque, garantizado a venir si la interpreto equivocadamente. No lo hago. Ella se aleja de mí con un disgusto familiar.
—Limpia el desastre que hiciste, Lali —refunfuña, pateando el plato con los restos de su almuerzo que se había caído al suelo desde su lado de la mesa cuando caí.
—Está bien, mamá.
Ella se da la vuelta, con amenaza en su pose.
—¿Me estás respondiendo?
—No mamá, lo siento. —Odio el tono adulador de mi voz, pero soy impotente en contra de eso, como lo soy en el cambio de la marea de mi vida.
Recojo los restos de comida con mis manos, acumulándola de nuevo en el plato y lo hago a un lado. Limpio un par de botellas de prescripción, que se habían caído en el lío, con la parte delantera de mi camisa. Pongo las botellas caídas sobre la mesa en su lugar preciso, dentro del grupo de pequeñas botellas marrones. Ella sabe exactamente lo que está en cada una de ellas por su ubicación. Espontáneamente, la foto que he estado ocultando debajo de mi colchón se desliza en mi mente. En ella, mi madre se encuentra en el patio con mi padre y yo, riendo y amando, luciendo joven y bella, y muy embarazada. Yo tenía nueve años de edad en ese momento, a punto de comenzar el cuarto grado, lo que era emocionante, porque significaba que estaba por deslizarme a ser lo que yo pensaba era lo más genial de lo genial, un alumno de sexto grado, la clase mayor de la escuela. El día en que la foto fue tomada, mi padre había traído a casa una sorpresa de cumpleaños adelantada para mí. Mi cumpleaños no es hasta Febrero, pero papá no podía esperar. Quería que la tuviera antes, así podría disfrutar de ella antes de que la nieve cayera. Mientras llevo el plato sucio de mi madre hacia la cocina, miro por la ventana hacia la sorpresa de cumpleaños de hace tanto tiempo. Es un columpio, uno de los de acero resistente, en forma de A, de los que no se encuentran normalmente en los patios traseros, sino más bien en un parque público. Fue hecho para durar un largo tiempo, incluso ahora parece casi el mismo, sólo el brillo embotado delata su edad. Tres cambios cuelgan de densas largas cadenas. Los corpulentos hombres que lo entregaron aseguraron los postes de cemento profundamente en la tierra para que no se volcara. Me dijeron que tenía que esperar tres días para columpiarme en él, para darle al cemento la oportunidad de endurecerse. Tres días es una eternidad para una niña de nueve años de edad. En tres días, aprendí, que una eternidad de cambios pueden ocurrir. Rápida y tan silenciosamente como es posible lavo el plato, el lavavajillas hace mucho tiempo dejó de funcionar y la idea de pagar a un técnico o comprar uno nuevo, era tan extraña como un viaje al Taj Mahal. Tan pronto como termino, me deslizo en silencio por la puerta trasera. Soy muy consciente de cuán patético es que tu única vía de escape, tu mejor amigo, sea un objeto inanimado, y el juguete de un juego de niños, para alguien que tiene diecisiete años y se prepara para empezar su último año de la escuela preparatoria. Pero es todo lo que tengo, así que camino más deprisa, ignorando la lluvia leve que comienza a disminuir mientras planto mis pies en la bien gastada tierra, y me trepo tan rápido como puedo con un ligero salto. El viento sopla a mi lado tanto por la velocidad, como por la tormenta levantándose. Enfría en carne al rojo vivo un lugar en mi mandíbula, que me dejará una magulladura para iniciar el año escolar mañana. No es que importe. Un pre-molido saco de boxeo no hace una diferencia para la mayoría de mis torturadores. Mientras vuelo más alto, siento la tensión liberarse, el mundo desapareciendo. Estoy aliviada por la corriente que viene mientras me esfuerzo a elevarme más y más. Mi mente se vacía mientras me entrego a la sensación. La única interrupción llega cuando escucho a mi padre tropezar en la casa, temprano ésta noche, y empieza a gritar. Incluso eso puedo apartarlo lejos con un poco de esfuerzo, he tenido años de práctica. Por suerte, no hay un sonido revelador de un puño contra piel cuando los gritos se detienen. Mi mente registra esto en alivio porque también significa que hay una buena oportunidad de que no tenga que estar en el lado receptor de su rabia ésta noche. Algún tiempo después, me doy cuenta de que las luces han sido apagadas en la casa. No se les ocurre a cualquiera de los dos preguntarse dónde estoy, o siquiera comprobar mi habitación y ver si estoy ahí. No tengo problema con eso, su falta de interés y atención dejó de ser dolorosa hace tiempo y se convirtió en algo positivo si eso significa ser invisible. Continúo balanceándome en el aire fresco de la noche, con el cabello húmedo por la ligera lluvia. Espero a que la paz se establezca completamente antes de dejar de balancearme más lento y después detenerme.Una respiración profunda, recopilo valor, entonces me deslizo dentro de la casa tan silenciosamente como me es posible, para no llamar la atención sobre mi existencia. Abro el armario de mi dormitorio, y doy un exasperado respiro por la falta de opciones ante mí. Mañana voy a ser una estudiante de último año, parece que para eso debería calificar tal vez sólo un traje nuevo, algo que no sea de una tienda de segunda, que no esté gastado y enfermamente ajustado. Me permito una fiesta de lástimas de dos minutos, entonces saco los objetos menos gastados para ponerme en la mañana.
Último año.
Ugh.
***
Odio el primer día de escuela. En realidad, odio todos los días de escuela, pero como éste es el primer día
de mi último año de preparatoria, de alguna manera parece peor que todos los demás. Hay un entusiasmo palpable en el aire de los otros de último año, sabiendo que después de éste año pueden empezar su vida real. Yo no tengo una vida real por lo que éste año es más temible que todos los demás, y eso es decir mucho, considerando cómo cada anterior año escolar ha sido para mí.
—Cuidado, fenómeno.
Me tropiezo, pero no caigo mientras soy empujada a un lado por uno de los de primer año. Veo un par de estudiantes de segundo año mirando con interés. El tiempo dirá si éstos novatos se unirán al juego, o si van a tener lástima y dejarme en paz. Me aparto de ellos y veo a Eugenia Suarez viniendo por el pasillo, rodeada por sus seguidores. Ésa es realmente una buena razón para darme la vuelta e ir en la dirección opuesta. No se ha dado cuenta de mí aún, así que hago una rápida retirada por las escaleras cercanas, a pesar de que significa que tendré que darme prisa para llegar a mi primera clase. Los retardos son algo que evito con pasión, no quiero llamar la atención a menos que sea absolutamente necesario. Eugenia es mi principal... enemiga, supongo, aunque hubo un tiempo en que fuimos amigas. El verano antes de la escuela secundaria, en el que de repente florecí. Mis pechos comenzaron a surgir, crecí varios centímetros y de pronto nada me quedó. Las camisas eran demasiado ajustadas y los pantalones muy cortos. Mi madre no podría molestarse por algo tan trivial como una hija creciendo en su mundo loco, así que me convertí en una ladrona. En las horas de madrugada, antes de que cualquiera de mis padres hubiera salido de sus estados de embriaguez, me escapaba y tomaba un dólar o dos, de la cartera de mi padre y del bolso de mi madre, cada vez que tenían uno. Así fue como me financié un ―nuevo guardarropa, tres camisas, dos pantalones, un sujetador, tres pares de ropa interior y un par de maltratadas zapatillas de la tienda de ahorro local. Costó doce dólares robados y una gran cantidad de culpa. Aunque la ropa me quedaba mejor que cualquier otra opción que tenía, seguían marcándome. Mientras que en la escuela primaria había sido capaz de transformarme silenciosamente en observadora, pasando inadvertida y dejada sola, en la escuela secundaria me vieron convertirme en un objetivo. Fue Eugenia Suarez quien realmente lo empezó, marcó la pauta de en lo que mi vida se había convertido, al menos a lo que se refiere a la escuela. Por alguna razón, había empezado a desagradarle al final del anterior año escolar. Había estado cerca del final de año cuando comenzó a decir cosas despectivas acerca de mí a mis compañeros de clase, a pesar de que en realidad no fue tiempo suficiente para que los chismes se desarrollaran en más que algunos dardos dirigidos perezosamente por sus seguidores. Ella también había florecido en el verano y cuando la escuela comenzó, caminó como una confiada belleza rubia en la que todos los chicos se fijaban, aun los estudiantes de octavo grado y varios de los de primer año de la preparatoria. Con su nueva confianza vino una racha de crueldad y un blanco perfecto para afinar sus habilidades... yo. El primer día de la escuela secundaria, entré usando mis ropas de segunda categoría, y busqué al pequeño grupo de amigos que había tenido en la primaria, incluida Eugenia. Mientras me acercaba, Eugenia se dio la vuelta de donde estaban en un círculo, hablando.
—¿Qué estás haciendo aquí? No perteneces a nosotros —se burló de mí.
Miré a los demás, esperando a... ¿qué? ¿A que me defendieran? Al contrario, comenzaron a reír a costa de mí, y me di la vuelta, humillada. Al parecer, ella había escuchado a sus padres hablar de mi familia, así, el año comenzó con ella difundiendo los rumores de mi padre alcohólico y mi madre adicta a las drogas. No pude siquiera defenderme porque nadie sabía tan bien como yo, cuán ciertos eran los rumores. Por supuesto, ella no sabía la historia completa, y no había manera de que fuera a informarla y darle más munición. No es que las necesitara desde que mi ropa se las dio. Con su aplastamiento, cualquier ápice de autoestima que podría haber pretendido tener, se fue y no luché por recuperarlo cuando me insultaba, o golpeaba mis libros fuera de mis brazos, o tropezaba conmigo cuando llevaba una bandeja de comida en el comedor. Fue sorprendente cuán rápido los otros estudiantes se percataron de sus juegos y se unieron. Aquellos que no se integraron, pronto me evitaban como si fuera una paria, para no alcanzar ninguna de las balas que eran dirigidas hacia mí. Cada día desde entonces ha sido un juego de supervivencia, como hoy, mientras me apresuro a salir de su camino. He aprendido a evitar áreas donde ella o cualquiera de sus amigos podrían estar, lo que es difícil, ya que casi todos son sus amigos, o al menos pretenden serlo. Tenía la esperanza de que la escuela preparatoria pudiera cambiar la manera en que las cosas eran para mí en la secundaria. Quiero decir, los chicos son mayores y más maduros ¿cierto? Mientras que las burlas, empujones e insultos no son tan intensos como mi experiencia en la secundaria, todavía sigue ahí, en cada esquina, por lo que parece. Mi cabello castaño ha crecido mucho con los años. Estoy agradecida por eso, porque hace un bonito velo para esconderse. Desafortunadamente, también proporciona una presa fácil para aquellos que deseen tirar de él. Supongo que siempre puedo esperar que éste año sea diferente. Es cuando me apresuro a mi segundo periodo de clase del día, caminando con la cabeza baja, pero también observando a los que me rodean, en alerta por las señales de advertencia de peligro, hasta que lo veo.
Peter Lanzani.
Me congelo donde estoy, siendo chocada por detrás, pero no empujada.
Incluso escucho un murmullo: —Discúlpame. —Probablemente porque no se dieron cuenta a quién golpearon.
Estoy congelada mientras lo miro fijamente con la boca abierta. La vista de él me trae de vuelta una corriente de recuerdos que había olvidado. Él había ido a mi escuela primaria, lo he conocido desde el primer día del jardín de Infantes. Me había gustado de una manera infantil e inocente porque nunca era malo con nadie. Era la clase de chico al que otros se dirigían naturalmente, popular sin tratar de serlo o incluso importarle si lo era. Hacía a todos sentir como si fueran sus amigos. Había admirado eso de él. Especialmente durante aquellos años cuando mi vida se había oscurecido y el siguió tratándome amablemente. Se había sentado conmigo en el almuerzo cuando estaba sola, lo que naturalmente atraía a otros a la mesa. Siempre me había invitado a jugar a la pelota cuando me veía sentada sola, a pesar de que sabía que me negaría. Cuando comencé a notar chicos como algo más que una completa molestia, había pensado que él era el tipo de chico que podría realmente gustarme, incluso amar, como algo más que un amigo. El final del sexto grado me hizo pensar que podría verme como algo más, también, cuando me dio un especial de San Valentín, una tarjeta que me había hecho y no sólo una de las baratas, de las de papel pequeño, con la que todos los demás se desmayaron. El recuerdo de eso trae un recuerdo de mi primer beso, mi único beso, en el armario de los abrigos. Cuán atrevida había sido. Qué bien se habían sentido sus labios sobre los míos. Cuánta esperanza había recogido de una cosa tan simple. Mis mejillas se ruborizaron mientras pensaba en él sosteniendo mi mano en el recreo, algunas veces después de ese beso. Nunca nos habíamos besado de nuevo, aunque hubiese querido. Creo que ambos éramos demasiado tímidos e inseguros para hacer el primer movimiento. Se había mudado ese mismo verano. No lo supe, por supuesto, hasta que el siguiente año escolar comenzó.
Y ahora está aquí de nuevo.
Ha crecido, ha cambiado, pero no hay duda de que es él. Es alto, a pesar de que era cerca de mi altura la última vez que lo había visto. Es más alto que la mayoría y supongo que está cerca del metro ochenta más o menos, tal vez un poco más. Tiene cabello castaño oscuro, corto en los lados y en picos en la parte superior de su cabeza, que entiendo es cuando está ausente y se pasa los dedos por él. En lugar de lucir desordenado, sin embargo, tiene un efecto sorprendente, luciendo como si hubiera pasado horas para conseguir que se viera así. Su mandíbula es fuerte, cuadrada, masculina. La promesa del chico lindo se ha convertido en un joven increíblemente hermoso. Se ríe de algo que alguien más dice y mi estómago se aprieta en reconocimiento. Su sonrisa es la misma que recuerdo, encantadora y hermosa. Estoy de pie aquí, mirándolo fijamente, olvidando mantener mi usual cuidado por codos y pies en mi camino, así que cuando un codo viene, no estoy preparada. Envía mis libros dispersándolos por el suelo, ruidosamente, lo que llama su atención. Sus ojos se encuentran con los míos y veo un destello de reconocimiento en sus oscuras profundidades, con una sonrisa perpleja en las comisuras de su boca. Horrorizada, me apresuro a recoger mis libros y huir por las escaleras, humillada de que debería haberme sorprendido mirándolo, o incluso peor, tenerlo viendo el nuevo deporte en el que me he convertido.

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